En una de sus cacerías el robledal le traiciona y la Guardia Civil consigue que el cazador sea cazado.
-De esta no te escapas.
Mientras, Fructuoso serenamente maquina su plan.
-Pido permiso para tirar el pantalón.
Retirándose tras una matas en una abrir y cerrar de ojos, rueda por el terraplén y escapa de sus captores. Su aparatosa huida alerta a la pareja, Atónitos observan cómo desaparece entre la maleza.
En sus semblantes, decepción, amargura, el joven olvegeño ha vuelto a burlarse de ellos. Riendas en mano, el guardia civil recuerda que la yegua sigue con ellos. Fructuoso no la abandonará. El sendero hacia el pueblo se presenta largo. La maleza y el rebollo parecen reírse de ellos. Jamás encontraron resistencia semejante. Su autoridad e ingenio se desvanece ante la audacia del ahora fugitivo. Intentan montar al animal y éste, dócil, parece conducirles por un camino harto conocido.
-¡Llevas montado un Guardia Civil!-.El grito suena como un eco lejano. La yegua parece volverse loca, derriba al jinete y corre entre los árboles en busca de su dueño. Definitivamente ha ganado la batalla. Mejor será no contarlo a los compañeros. Las luces del atardecer comienzan a difuminarse por el horizonte.
Mañana será otro día
Sonia Moya
Al margen de las historias narradas, con cierta literatura, en páginas anteriores, nos han contado otras hazañas de este singular personaje olvegueño.
Entre otras actividades se dedicaba al estraperlo, comerciando con sacos de azúcar. La Guardia civil estaba al corriente de este hecho y con frecuencia acudía a su casa para registrarla. El resultado siempre era el mismo: no había nada. No conseguían dar con el sitio donde guardaba la mercancía. Un día la vecina de Fructuoso fue a mover unas támaras que tenía a la entrada de la cuadra, bajo la techumbre, y cual fue su sorpresa al encontrarse entre éstas, unos sacos de azúcar. Y es que por aquellos años las casas estaban “abiertas”, y aunque se oía entrar a alguien, no se pensaba que fuese a hacer ninguna trastada.
Fructuoso “el zapatero”, como ya se ha dicho, era cazador furtivo y los “hacía con bicho”. Sucedió algo parecido: la autoridad buscaba al hurón en su casa, pero el animal una vez más, estaba en el pajar de su vecina.
Por otro lado, era un gran trabajador en la casa de Muro, donde era jornalero. Lo querían mucho. Se dice que trillaba como dos mozos y que tenía “muchas correas”. También nos han contado que tuvo los hijos más guapos del pueblo y que cuando nació su hija pequeña no hubo bautizo como ese. Era practicante de Ólvega Don Virgilio Vallejo cuando la esposa de Fructuoso se puso de parto. Rápidamente avisaron a Don Virgilio y éste le asistió. Fue su capricho sacarla de pila y ser su padrino. El bautizo fue celebrado por todo lo alto, en los festejos tocó la banda, hubo volteo de campanas y todo el pueblo fue invitado a dulces de la antigua pastelería del pueblo.
He aquí una muestra de lo que Don Miguel de Unamuno denominó Intrahistoria: La vida tradicional sirve de fondo permanente a la historia cambiante y visible. La vida de la gente llana es argumento suficiente para ser plasmada por escrito y convertirse en HISTORIA con mayúsculas.
