Luna temblaba. El Diablo la miro y le gritó:
 
 _¿No corres a esconderte, Luna? ¿No tienes miedo?
 
 Luna abrió los ojos y respiró profundamente.
 
 Ella preguntó:
 
 -¡Qué es lo que quieres? No puedes presentarte aquí y atemorizar a todo el pueblo.
 
 -Yo hago lo que quiero –respondió el Diablo-. Esta es mi venganza porque hace unos días Emilio me despertó. ¡Nadie me despierta cuando duermo! Así que bajaré al pueblo cuando me apetezca y les haré pasar miedo.
 
 -No puedes hacer eso.
 
 -¡Y quién me lo va a impedir?.
 
 Luna no sabía como reaccionar, pero de repente se le ocurrió algo y le contestó al Diablo.
 
 -Podemos hacer una apuesta. Si eres valiente y listo, tú ganas, pero si no es así, tendrás que marcharte del pueblo y dejarnos en paz.
 El Diablo aceptó la idea y pidió conocer cual sería la apuesta.
 
 Luna miró la torre de la iglesia y le dijo.
 
 -Si eres capaz de saltar limpiamente la torre de la iglesia ganarás, Si la rozas con cualquier parte de tu cuerpo, perderás y tendrás que marcharte.
 
 El Diablo pensó que no sería difícil, ya que él era casi tan alto como la torre, pero puso una condición:
 
 -Está bien, acepto la apuesta, pero podré colocar un par de piedras a cada lado de la torre.
 
 Luna aceptó, no tenía más remedio.
 
 Luna vio que todos los vecinos estaban asomados a las ventanas de sus casas. Lo habían oído todo. Se miraron unos a otros y aplaudieron a Luna.
 
 A la mañana siguiente solicitó ayuda a Sol, le contó lo ocurrido y la apuesta que había hecho con el Diablo.
 
 Entre los dos idearon un plan para hacer perder la apuesta al Diablo. Después de un rato de charlo, Luna, bostezando, se marchó a descansar.

Siguiente


Comparte esta Página